BILL CUNNINGHAM: “El dinero es lo más barato. La libertad y la autonomía son lo más caro”.

William John Cunningham Jr. nació el 13 de marzo de 1929 en Boston; fue el segundo de cuatro hijos en una familia irlandesa católica.

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De adolescente consiguió un empleo de medio tiempo en la tienda departamental Bonwit Teller; después recibió una beca para Harvard pero se salió después de dos meses. “Pensaban que era un iletrado”, dijo. “No tenía esperanza ahí. Yo era una persona visual”.

Se mudó a Nueva York donde se quedó con un tío, Tom Harrington, quien tenía intereses en una agencia de publicidad. “Mi familia pensó que podrían adoctrinarme en ese negocio, que vivir con mi tío haría que me olvidara de lo demás”, dijo Cunningham. “Pero no funcionó. Siempre había estado interesado en la moda”.

Así que cuando Harrington le dio un ultimátum a su sobrino y le dijo: “Deja de hacer sombreros o sal de mi apartamento”, Cunningham eligió lo último y se mudó a un apartamento en la planta baja de un edificio en la calle 52 que también sirvió como sala de exposición para sus sombreros de fieltros y sus gorros con estampados de cebra.
Para ganar dinero extra, Cunningham comenzó a escribir una columna en Women’s Wear Daily. Renunció a principios de los sesenta después de pelearse con su editor, John Fairchild, acerca de quién era el mejor diseñador: André Courrèges o Yves Saint Laurent. “Cuando no quisieron publicar mi artículo sobre Courrèges como yo lo tenía en mente, me fui”.

En 1967 compró su primera cámara; cuando se dió cuenta de que la acción estaba en las calles,comenzó a tomar encargos para The Daily News y The Chicago Tribune y se volvió colaborador regular del Times a fines de los setenta.
A lo largo de las siguientes dos décadas, rechazó ofertas por parte de sus editores para que tomara un empleo de tiempo completo. “Una vez que le perteneces a la gente”, decía, “pueden decirte qué hacer. Así que no dejes que lo hagan”.
Eso cambió en 1994 después de que un camión atropelló a Cunningham mientras iba en bicicleta. Como explicación acerca de por qué había aceptado la oferta del Times, dijo: ‘Fue por el seguro médico”.

Bill Cunningham convirtió a la fotografía de moda en su propia rama de la antropología cultural con su trabajo en las calles de Nueva York.

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Su columna fotográfica de moda neoyorquina, captada en las calles de Manhattan, se publicó en la edición dominical de estilo del New York Times desde 1978 y se convirtió rápidamente en una de las más buscadas por los lectores.Cunningham identificaba cada semana las tendencias de moda de la ciudad y sus retratos se centraban especialmente en los personajes extravagantes y pocos discretos.

Este fotógrafo fue una presencia tan particular en la ciudad que, en 2009, fue nombrado un hito viviente. Además era fácil detectarlo mientras viajaba en bicicleta por el centro de la ciudad, donde hizo la mayor parte de su trabajo de campo: su figura huesuda cubierta por una chaqueta de mezclilla azul funcional, pantalones caqui y los zapatos negros que usaba, así como su cámara de 35 milímetros colgada al cuello, siempre listo para captar el siguiente grito de la moda.

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En 2010, el documental “Bill Cunningham New York”, se estrenó en el Museo de Arte Moderno y recibió reseñas muy positivas. Sin embargo, Cunningham le dijo a casi todos los que le preguntaron acerca del filme que la publicidad que lo acompañó fue todo un fastidio, una razón para que los extraños se le acercaran y lo molestaran.

Cunningham era conocido por su humildad y austeridad. No iba al cine ni tenía televisión. Desayunaba casi todos los días en el Stage Star Deli en West 55th Street donde hasta hace poco se podía tomar una taza de café, comer una salchicha, huevos y queso por menos de 3 dólares.

Vivió hasta 2010 en un estudio que estaba arriba del Carnegie Hall, entre filas y filas de gabinetes donde guardaba todos sus negativos. Dormía en un catre individual, se duchaba en un baño compartido y, cuando le preguntaban por qué se la pasaba destruyendo cheques que recibía de revistas como Details dijo: “El dinero es lo más barato. La libertad y la autonomía son lo más caro”.

“Cuando estoy tomando fotografías”, dijo una vez Cunningham, “busco el estilo personal con el que se usa una prenda… a veces, incluso cómo se usa una sombrilla o cómo se sostiene un abrigo. En las fiestas es importante ser casi invisible, captar a la gente cuando ignoran que hay una cámara… sacar la intensidad de su discurso, los gestos de sus manos. Me interesa capturar un momento con ánimo y espíritu”.

Si existe un ojo democrático que ha sabido captar la efervescencia de la moda de una ciudad ha sido él, que enseñó al mundo cuando se puso de moda enseñar el calzoncillo por encima del pantalón de las bandas juveniles, la cadena colgando entre bolsillos de los skaters, las riñoneras o la invasión de los bolsos Birkin entre las ricachonas. “Él ve cosas de las que ni yo ni mi equipo de Vogue nos damos cuenta”, decía de él Anna Wintour.

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Según Cunningham, “El mejor desfile de moda es la calle. La calle me habla. Yo no decido nada y para que eso pase tienes que estar ahí. A mí no me dicen que se van a llevar las faldas por la rodilla. Lo veo. Aquí no hay atajos. Tienes que quedarte en la calle y que la calle misma te lo diga”. Para Cunningham, las inclemencias climatológicas eran su mejor filón para fotografiar a esos “neoyorkinos excéntricos y derrochadores” sin que se enterasen. “La lluvia y la nieve serán tus mejores aliados, cuando llueve la escena es diferente, no se preocupan, no piensan en posar para ti”. Sus páginas con los ciudadanos ataviados con mil y un apaños para sobrevivir a las tormentas de nieve son una auténtica maravilla.

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Candidez, humildad y profesionalidad intachable. El cronista visual de una era deja un vacío irrepetible en la fotografía de moda. Muchas gracias por tanto QUERIDO BILL.